Un artículo de Manel Soria (frikosal).

Actualmente los instrumentos para la observación astronómica son más perfectos que nunca, las sondas espaciales exploran todo  el sistema solar e incluso los modestos telescopios domésticos hubieran impresionado a Galileo, de haberlos tenido hace 400 años. Y por tanto, las imágenes de objetos astronómicos son cada vez más espectaculares. No solamente las fotografías hechas en los grandes observatorios terrestres o en los telescopios espaciales,  también los aficionados  a la astrofotografía consiguen imágenes magníficas de objetos del cielo profundo, muy superiores a las que podían hacerse con medios profesionales hace tan solo unas décadas. Pero por otra parte, en nuestra civilización urbana e iluminada, cada vez menos gente puede apreciar la belleza de la noche estrellada, integrada en el paisaje natural y en su vida diaria como un elemento más.

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Las imágenes astrofotográficas, por su propia naturaleza, deben ser de zonas del cielo pequeñas y no pueden incluir ninguna referencia visual de elementos terrestres tales como árboles o montañas, que sitúen a los astros en un contexto familiar para el espectador.  De modo que para el público que ocasionalmente ve una foto del Hubble en un periódico, las estrellas siguen siendo algo tan alejado de su vida cotidiana como los leones que salen en los documentales cazando gacelas. Esta separación radical entre los astros y la vida cotidiana me recuerda la física Aristotélica, según la cual habría dos mundos: el sublunar, tangible pero imperfecto por naturaleza y el de los astros, perfecto, previsible e imperecedero

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Con las fotografías del paisaje estrellado mi objetivo es captar los astros tal como los ven nuestros ojos y utilizarlos como elementos naturales del paisaje nocturno. De este modo espero contribuir a romper esta dualidad entre el mundo sublunar y el de los astros, que desde los tiempos de Galileo  se sabe que es errónea, e integrar ambos mundos en una misma imagen, que está entre las fotografías de paisaje y las astrofotografías. Y además, reivindicar  la necesidad de limitar la contaminación luminosa.

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Los elementos con siluetas que destaquen sobre el cielo del fondo pueden ayudarnos a formar el paisaje estrellado: desfiladeros, árboles solitarios,  edificios abandonados o montañas lejanas. Es siempre interesante tener en cuenta cual es su orientación y cual va a ser la situación del astro que hayamos elegido para realizar la fotografía, teniendo presente que va a ir cambiando durante la noche. Utilizando programas de astronomía como Stellarium (que es gratuito y maravilloso) podemos prever si será mejor llegar al anochecer o al amanecer, en función de los astros que nos interese fotografiar.

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En ocasiones, la contaminación luminosa puede jugar a nuestro favor, pintando de color anaranjado las nubes o los elementos de primer plano. Pero más pronto o más tarde, si nos acostumbramos a la observación del paisaje estrellado, la contaminación luminosa de la que antes hablábamos termina por resultar fastidiosa, por poca que haya. Si en las fotos aparece parte del horizonte, es casi inevitable que captemos colores anaranjados o verdosos que pasaban desapercibidos para  nuestros ojos. Es la luz de ciudades y urbanizaciones, a veces muy lejanas, que  no encaja nada bien con la sensación de soledad que da el resto del cielo. Para  quienes solamente observan o fotografían un pequeño trozo del cielo, como un planeta  o una nebulosa, normalmente es posible esperar al día y hora en que está alto en el cielo y entonces, desde un lugar alejado de las ciudades, es posible hacer una buena foto.

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Pero para los paisajes con estrellas incluso la más leve contaminación luminosa se hace muy evidente. De modo que para escapar de la luz anaranjada que embrutece los cielos, no hay más remedio que viajar. He podido desplazarme  a Chile, que cuenta con algunos de los mejores cielos del mundo y que además permite observar las nebulosas de Magallanes, que son dos galaxias relativamente pequeñas en las inmediaciones de la Vía Láctea.

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La Isla de Pascua, que es parte de Chile, es uno de los lugares habitados más aislados del mundo. Allí el cielo no siempre está despejado y no tiene la transparencia cristalina del altiplano andino, pero el cielo está casi absolutamente libre de contaminación luminosa (excepto cerca del único lugar habitado de la isla, Hanga Roa). La soledad de la isla durante la noche, la gran presencia simbólica de los moais, el cielo inmaculado del hemisferio sur… para el aficionado al paisaje estrellado esta debe ser una de las escenas más impactantes, y solamente desde hace muy poco tiempo se puede captar con una cámara tal y como la vemos.