Trabajar duro por unos chicharros.

Editado el 12/10/2009 por Felix

Cuando vamos a la pescadería miramos los besugos, las merluzas, los atunes…, pescados que, desgraciadamente, si no han desaparecido de la costa cantábrica, poco les falta.

Los pescadores se tienen que afanar en buscar otras especies para tratar de equilibrar unas campañas que no les son de nada favorables. Y una de estas especies y su captura es la que nuestro compañero Chapi nos trata de documentar: la captura del chicharro.


Por Gonzalo Gómez Gómara –Chapi-

Desde que me tomo la fotografía “en serio”, he tenido ganas de salir una noche en un barco pesquero. Así, cuando estuve en el varadero del Barrio Pesquero de Santander haciendo las fotos que publiqué en este reportaje:  http://www.caborian.com/foro/index.php?topic=103848.0 tuve la suerte de conocer a un armador que muy amablemente me invitó a salir una noche en su barco.

En esos días, los pesqueros tenían una parada obligatoria y tuve que esperar unas semanas, pero finalmente llegó el día y tras una llamada suya, a las 7 de la tarde me acerqué en coche a Santoña, puerto donde amarraba su barco.

Salimos a mar abierta dejando a la derecha el Puntal de la playa de Laredo y a la izquierda el Monte Buciero de Santoña con sus faros del Caballo y del Pescador.

Como se ve en las fotos, había una preciosa luz de atardecer, lo que me permitió tomar las únicas imágenes que iba a sacar con luz de día. A bordo íbamos 12 tripulantes, un perrito juguetón y yo. Eran quizá los momentos más relajados de toda la salida.

Miguel es un pescador al que le quedaban 2 meses de salir a pescar. Una verdadera joya sin pulir para un fotógrafo. Jamás retiraba la mirada cuando se sentía vigilado por mi cámara, ni cambiaba el gesto, que a veces parecía de nostalgia y a veces de genuina alegría por la inminente jubilación.

Estuvimos un buen rato navegando despacito, pero sin parar a unas 8-10 millas de la costa buscando los bancos de chicharros, al igual que otros pesqueros que con las luces encendidas se veían a distancia, y mientras tanto, el cocinero preparaba la cena a la que tuve el honor (y creedme que lo fue) de ser invitado. Dos inmensas fuentes de ensalada y unas potentes escudillas metálicas que contenían 2 huevos fritos acompañados de chorizo, bacon y patatas fritas. Un manjar en una gran compañía, amenizado por las historias y los chascarrillos de los pescadores. En la sobremesa, algunos dormitaban y otros veían en una pequeña tele una versión pirateada del último Terminator.

Una vez que la noche es cerrada, encienden los focos (que en nuestro caso eran alrededor de 30000 repartidos en varios puntos alrededor del barco) para atraer a la superficie a los microorganismos marinos, alimento de los chicharros, que suben detrás. Cuando el sónar del barco localiza un banco de peces, esperamos a que éste vaya subiendo poco a poco hasta estar lo suficientemente cerca.

Entonces, uno de los tripulantes (en este caso, el hijo del patrón) sube a un bote que con una grúa es bajado al agua. Enciende un potente foco, mientras el barco va bajando la potencia de los suyos y entre los dos, comienzan una maniobra envolvente alrededor de banco de peces, el bote a remos y el pesquero con el motor al mínimo y echando la red.

Cuando se ha cerrado el círculo, la tripulación ayudada por una grúa va recogiendo la red con toda la captura. Para mí, es uno de los momentos más bonitos de la salida: el esfuerzo de los pescadores, la tensión e incertidumbre por el valor de la captura, así como la inútil lucha de los chicharros por escapar de la red, cuyo agónico chapoteo sumado a los graznidos de las hambrientas gaviotas, que se lanzan sin miramientos a por el primero que salte más de la cuenta, aturde de tal manera que apetece dejar la cámara y simplemente mirar absorto, cosa que por supuesto, no hago…

Me llevé una pequeña decepción cuando vi que los peces eran subidos a bordo poco a poco con un gran redeño en lugar de subir todo el “copo” a cubierta para allí ser abierto por abajo, como recordaba de algún documental. Al parecer ya hace unos años que no es así. Con la nueva técnica, el pescado se estropea menos y se coloca mejor en las bodegas.

Esta es la cara que se le queda a un pescador después de repartir 8 toneladas de chicharros en la bodega. Las escamas saltan como perdigones por los coletazos y continuamente hube de limpiar mi 14-24 en el que se quedaban pegadas.

Sin embargo, el patrón reparte los peces por los cientos de cajas ayudado por una especie de azada y con la cara protegida por una malla.

En una segunda sesión, se repitió la misma maniobra, con el amanecer ya casi despuntando por el este. La noche se me ha hecho muy corta, pero me hace pensar en qué sera esta vida a diario y sobretodo entre noviembre y marzo, con noches de hasta 16 horas y una temperatura que con esa humedad, se te debe meter hasta los huesos. Creo que ni el matutino Cola-cao que nos preparó el simpático cocinero podría reconfortarles.

Una vez terminado el trabajo, los trajes son “endulzados” y limpiados de escamas para su mejor conservación.

Son las 8:30 y “tan solo” queda descargar la pesca en la lonja donde les pagarán el kilo (que nosotros compraremos entre 4 y 6 €) a ¡¡22 céntimos!!  :o e irse a casa a dormir lo antes posible, pues al día siguiente se repetirá la jornada…. Mientras yo cojo mi coche y vuelvo a casa a darme una ducha y directo al trabajo, medio dormido y con bobalicona sonrisa de satisfacción. :)

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